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miércoles, 25 de febrero de 2015

Por que lloramos ?

¿Por qué lloramos?
El investigador Dr. A.J.J.M. Vingerhoets (Holanda), autor de una copiosa obra sobre las emociones humanas, le concedió una entrevista exclusiva a IntraMed. Llorar como un acto cultural y biológico repleto de apasionantes conclusiones y profundos interrogantes.




¿Cuánto hace que usted no llora?
Tal vez ya no lo recuerde o prefiera olvidarlo. Como casi todos los fenómenos humanos, llorar, es una síntesis de biología y cultura. Algo acerca de lo que rara vez nos interrogamos. La tradición naturaliza la vida cotidiana produciendo creencias que parecen sólidas aunque no lo sean. La ciencia, por el contrario, produce un tipo de conocimiento que nunca da por probadas cosas que nadie ha sometido a prueba. Duda, indaga, confirma o desmiente. Cambia sus propios puntos de vista ya que también duda de sí misma. No es la única forma de conocer, pero tiene sus ventajas. Vivimos rodeados de disciplinas organizadas alrededor de saberes que huyen de la prueba y de profesionales que las ejercen como si dispusieran de ellas. Tal vez tengan derecho, pero deberían hacerlo explícito cuando la salud de las personas es el bien que se deposita en sus manos.

Llorar es un acto complejo que involucra las esferas psicobiológicas, cognitivas y sociales de una persona. La fisiología es determinante, pero también la subjetividad, el contexto y la cultura que organiza las respuestas que ofrecemos ante situaciones de nuestra existencia. Hay mucha bibliografía respecto de las características del llanto adulto en la especie humana. Investigación que descarta los excesos de la interpretación y emplea un método riguroso para averiguar lo que puede conocer y delimitar lo que aún ignora. J.J. Vingerhoets es un psicólogo científico holandés que ha publicado muchos trabajos acerca de este apasionante tema.

Usted, ¿por qué llora?

Las razones del llorar han sido clasificadas de diversas maneras. Los estudios más importantes suelen organizarlas en categorías como: pérdidas, inadaptación personal, sufrimiento físico, psicológico y motivos positivos. En este punto resulta determinante el hecho de llorar en soledad o ante otras personas. Quien lo hace acompañado emplea el llanto como una herramienta de interacción social que procura encontrar en el otro consuelo, soporte social, apoyo, comprensión. Cuando esto sucede el llanto resulta catártico y alivia a quien llora. En los casos en que no ocurre sobreviene la vergüenza, la incomodidad, el pudor y el alivio no se produce. Desde la perspectiva de la biología evolutiva, llorar podría considerarse un acto destinado a producir emociones en el predador capaces de disuadirlo de atacar a la víctima. Se comunica una emoción que el otro puede comprender más allá del lenguaje. En ese sentido, tanto llorar como reír son emociones codificadas como gestos con un alto poder comunicativo.
 Algunos puntos de interés:
  • La composición de las lágrimas incluye proteínas (lisozima, lipocalina y lactoferrina), enzimas, lípidos, metabolitos y electrolitos. La concentración de proteínas difiere entre las lágrimas emocionales y las lágrimas producidas por irritantes.
     
  • Frey, y col. (1986) demostraron la presencia de prolactina en las lágrimas de hombres y mujeres. Se sugiere que esta sustancia puede funcionar estimulando la producción de lágrimas. Las lágrimas de las mujeres entre las edades de 15 y 30 años contienen mayor cantidad de prolactina que las lágrimas masculinas. La prolactina aumenta dramáticamente en el embarazo. La relación, sin embargo, de la mayor presencia de la prolactina en los niveles séricos no necesariamente indican una mayor propensión para llorar. Esto se demuestra por los pacientes con hiperprolactinemia funcional que, aunque tienen altos niveles de prolactina, no son más propensas al llanto que las personas saludables.
     
  • Fisiológicamente lágrimas están bajo el control de el sistema nervioso parasimpático y sirven para proteger al ojo de las infecciones microbianas.
     
  • El llanto se produce antes del nacimiento, por lo que llorar en sí no es necesariamente una conducta aprendida, sino que es, sin embargo, modificada por la socialización, el contexto, las relaciones, patología, etc.
     
  • Personas con ciertos trastornos como el Parkinson la esclerosis múltiple, enfermedad de Alzheimer, síndrome pseudobulbar y la enfermedad de la motoneurona, padecen una defectuoso control emocional y  una tendencia a llorar sin provocación y sin el contenido emocional, "llanto inmotivado", "incontinencia emocional", "llanto patológico".
     
  • Se ha postulado como una estrategia de adaptación en lucha de la especie por la supervivencia en el curso de la evolución humana.

Entrevista de IntraMed
Dr. A.J.J.M. Vingerhoets: Es especialista en las áreas de estrés, emociones y calidad de vida. Su interés especial se dedica a temas específicos así como el desarrollo de nuevas herramientas de evaluación para medir la calidad de vida. Ha publicado más de 200 artículos en revistas científicas y escribió 11 libros.
Clinical Psychology Section, Tilburg University, Tilburg, The Netherlands (e-mail: Vingerhoets@uvt.nl).

 ¿Somos los humanos los únicos que lloramos?

Aunque hay varias anécdotas de llantos animales, hasta ahora no hay ningún caso debidamente documentado. Por lo tanto, asumimos que el llanto es un comportamiento exclusivo de los humanos. En el mejor de los casos podría ser uun fenómeno muy excepcional entre los animales (¿monos, elefantes, camellos?).

¿Cuáles son las funciones fisiológicas y psicológicas del llanto?
Los bebés humanos y los mamíferos jóvenes comparten la capacidad de emitir las llamadas de distress de separación. Esto tiene como finalidad estimular la proximidad de la madre y, si es necesario, obtener protección, apoyo y socorro de ella o de otros. Para decirlo de otra manera, en los términos de John Bowlby, el influyente psiquiatra infantil, el llanto es una conducta de apego. Pocos cuestionan esta función.

Por cierto, la diferencia con los animales es que cuando crecen, ellos ya no emiten estas señales de socorro. En los humanos, hay un cambio de la señal acústica original emitida en todas direcciones hacia una señal visual -las lágrimas- que tienen un objetivo más cercano y procuran interacciones más íntimas.

Si llorar también sirve para determinadas funciones fisiológicas es una cuestión aún en debate. Algunos sugieren que en los bebés puede ser importante para la maduración del sistema nervioso, pero yo no tengo conocimiento de ninguna evidencia convincente acerca de la verdad de esa afirmación. Más adelante me referiré a la posible función catártica.

¿Es el llanto un reflejo involuntario?

Las personas del mundo occidental moderno dirían que el llanto es, en efecto, involuntario. Sin embargo, en la literatura antropológica (e histórica), uno puede encontrar ejemplos en diversas culturas donde la gente parece tener la capacidad de derramar lágrimas a voluntad. Por ejemplo, se ha descrito que las tribus indígenas de diferentes partes del mundo conocen las lágrimas de bienvenida. Y también hay ejemplos de ritos funerarios, lo que sugiere que las personas pueden producir lágrimas al instante, muy similar a lo que puede producir una sonrisa fingida en cualquier momento.

¿El llanto ocurre antes o después de la identificación del sentimiento?
Antonio Damasio cita un caso de llanto desencadenado por estereoataxia cerebral en el cual el contenido (significado) aprece después de que llegan las lágrimas.

La idea general es que el llanto se produce después de la sensación. En particular, el sentimiento de impotencia, de pedido de ayuda, de debilidad, la incapacidad percibida para tratar adecuadamente una situación. Esto no quiere decir que la percepción de las lágrimas también pueden reforzar algunos de estos sentimientos. La percepción de los latidos de mi corazón en la garganta también pueden hacer hincapié en que realmente estoy asustado.

Además hay ejemplos en los que el llanto se produce en respuesta a la estimulación cerebral o después de una lesión cerebral (accidente cerebrovascular, esclerosis múltiple), sugiriendo alguna relación con la afección. De hecho, en estos casos puede ocurrir que la percepción y la conciencia de que uno está llorando pueda inducir a una especie de tristeza (y también de vergüenza en muchos de estos pacientes, porque se sienten fuera de control y en una situación socialmente inapropiada).

¿Hay alguna explicacación relacionada con la evolución de las especies para el llanto?
Muy difícil pregunta. Mi especulación es que esto tiene que ver con el hecho de que nuestro neocórtex ha evolucionado mucho, principalmente para el tratamiento de la información visual (en desmedro de la información olfativa). Dado que hay dos excepciones (lágrimas y rubor) en las que los músculos son suficientes para expresar las emociones, asumimos que el llanto es muy importante como señal y que ha contribuido a las lágrimas, que son extremadamente importantes para transmitir el mensaje de impotencia y tal vez haya resultado de importancia para la reducción de la agresión de predadores potenciales. No hay que olvidar que el llanto es especialmente el arma de los débiles: los niños, las mujeres (especialmente en edad fértil) y los hombres de avanzada edad. Para las mujeres con para los niños pequeños (que pueden llorar más fácilmente) podría ser un comportamiento muy importante para protegerse y proteger a sus hijos de la agresión externa.

¿Por qué los bebés lloran? ¿Cuál es la diferencia con el llanto del adulto?
Los bebés lloran cuando tienen hambre, sensación de frío, cuando necesitan un cambio de pañal, pero también sobre todo cuando sienten la necesidad de contacto físico cercano.
  
Las principales diferencias con los adultos son:

- Los bebés lloran más a menudo, también porque es su única forma de comunicarse.

- Los bebés lloran sólo por razones egocéntricas – cuando hay algo mal con ellos mismos. Los adultos también pueden llorar por motivos empáticos.

- Para los bebés el aspecto acústico es el más importante. Para los adultos prima el aspecto visual (las lágrimas).

¿Cuál es la influencia de la cultura en el llanto?
Esta respuesta necesitaría 300 páginas. La cultura puede tener un efecto sobre las razones específicas que hacen que la gente llore, sobre la forma en que lo hacen, sobre los efectos que el llanto produce y sobre cómo las personas se perciben a sí mismas cuando lo hacen. En cómo los padres manejan el llanto de los bebés y de los niños. En la diferencia sexual respecto el llanto –hombres y mujeres-, etc.

¿Qué tipos de llanto pueden describirse?

Creo que la distinción basada en la teoría del apego tiene sentido. Con este marco teórico pueden distinguirse un llanto de protesta, que se caracteriza por mucho ruido, un último esfuerzo de para lidiar con una situación. Esto a menudo causa irritación. También puede encontrarse el llanto más triste, llorando en silencio. Éste en particular es el tipo de llanto que induce consuelo y apoyo. Por último, existe lo que se ha denominado llanto independiente. Es un llanto sin lágrimas, una forma extrema de darse por vencido.

¿Es el llanto benéfico? ¿Es catártico?
Creo que la mejor pregunta sería: ¿En qué condiciones y para quién es el llanto beneficioso? No pienso que el llanto pueda tener en todas las condiciones efectos catárticos. Depende de varios factores, tanto los factores individuales (por ejemplo, las personas deprimidas reportan menos alivio al llorar que los individuos sanos) como los factores contextuales (¿quién está presente?). Hay buenas razones para suponer que el alivio no necesariamente resulta sólo de un mecanismo fisiológico desconocido (¿aumento de la actividad parasimpático? ¿aumento de la secreción de opiáceos?), sino también de las reacciones (confort, apoyo instrumental) que produce en los demás.

¿Por qué lloramos? ¿Cuáles son sus funciones?

En los seres humanos es más probable que se llore para pedir ayuda, consuelo, a veces tal vez para reducir la agresión. Tiene estas funciones en los bebés indefensos, dependientes y hay pocas razones para suponer que esto cambe demasiado con el envejecimiento. Sin embargo, el llanto en los adultos puede provocar vergüenza en la persona que llora. Se puede sugerir que la persona que llora es débil, que no es estable emocionalmente, tal vez incluso manipuladora. Así que hay un serio peligro de que al llorar en .presencia de otros (en particular ante extraños, personas que no nos conozcan) se obtendrá una impresión errónea, negativa. Además, los extraños tampoco es muy probable que nos proporcionen apoyo verdadero. En la práctica, son principalmente los seres más íntimos quienes nos pueden ofrecer consuelo y apoyo emocional.

¿Por qué entonces lloramos en momentos felices?

Algunas personas dudan si alguna vez se llora por razones positivas. Muy a menudo es posible explicar ese llanto con la idea de que, especialmente en momentos muy felices, nos permitimos reflexionar sobre los momentos menos alegres. Por ejemplo, durante una reunión, en realidad se puede llorar todo el tiempo por quienes echabamos de menos. Cuando la jinete neerlandesa Anky van Grunsven recibió su medalla de oro olímpica, explicó que ella en realidad lloraba porque su padre había fallecido unos meses antes. Ella estaba triste porque él no podía experimentar ese triunfo.

En lo relativo al matrimonio, esta es en la gran mayoría de los casos un acontecimiento positivo, pero al mismo tiempo, es también el final de un determinado período, o fase en la vida de quienes se casan. También puede incluir una separación más o menos más definitiva de los progenitores. Estos son algunos elementos que pueden evocar sentimientos negativos y llanto.

Otra forma de verlo, es que las emociones muy positivas también producen una especie de impotencia. Uno simplemente no sabe cómo expresar su alegría extrema. Esta experiencia de una incapacidad para expresar adecuadamente la manera en que uno se siente, puede dar lugar a las lágrimas.

¿Por qué lloramos ante algunas películas si sabemos que no son reales?
Mi conjetura es que tiene esto que ver principalmente con nuestras habilidades empáticas. Tenemos la capacidad de experimentar las mismas emociones que los demás, tanto a las personas de la vida real, como con los personajes de una película. Es nuestra capacidad de identificarnos con tales caracteres y sentir lo que sienten lo que puede inducir nuestras lágrimas.

¿Hay diferencias de género en el llanto?


Hay varios factores que opern juntos. En primer lugar las hormonas sexuales. La hormona sexual masculina testosterona parece inhibir el llanto, mientras que la hormona prolactina en las mujeres posiblemente pueda bajar el umbral del llanto. Además, no debemos pasar por alto que los hombres y las mujeres también se diferencian en la exposición a situaciones capaces de inducir emociones.
Las mujeres parecen tener mayores habilidades de empatía, son más a menudo las que trabajan en el cuidado de la salud y de los hijos, las que ven con más frecuencia films sentimentales, son quienes se encuentran más frecuentemente deprimidas y sufren más de síndromes dolorosos, etc. Además, parece más probable que reaccionen con impotencia (por ejemplo, en los conflictos donde experimentan una ira impotente). Por último, los hombres (o tal vez mejor los jóvenes) sufren más la presión ambiental (en particular de sus pares) para controlar sus lágrimas. Todavía existe la idea generalizada de que el llanto es una actividad femenina típica.

sábado, 21 de febrero de 2015

SIGO siendo : documental : Fiesta del Agua ( Peru )- Sila Illanes


ZAZ . Dans ma rue


También esto pasará

Cuando era niña, para ayudarla a superar la muerte de su padre, a Blanca su madre le contó un cuento chino. Un cuento sobre un poderoso emperador que convocó a los sabios y les pidió una frase que sirviese para todas las situaciones posibles. Tras meses de deliberaciones, los sabios se presentaron ante el emperador con una propuesta: «También esto pasará.» Y la madre añadió: «El dolor y la pena pasarán, como pasan la euforia y la felicidad.»

miércoles, 4 de febrero de 2015

Las dos muertes de Iván Illich

Entrada nueva en nogracias.eu

 

by Enrique Gavilán
Hay momentos en la vida en los que te asalta la incertidumbre de si estás llevando la vida que deberías. Esta duda existencial fue la que debió impulsar a Lev Tolstoi a escribir “La muerte de Iván Illich”, cuyo protagonista se torturaba en su lecho de muerte mientras alcanzaba la respuesta a la pregunta que desde hacía semanas le corroía la mente y el cuerpo: “¿Cabe la posibilidad de que no haya vivido como debiera haberlo hecho?”. Tolstoi no narró en esta novela su propia muerte, que aconteció un cuarto de siglo después, pero sí su vacío interior.
Las reflexiones que acompañaron el desarrollo de esta novela le hicieron cambiar de vida hacia una existencia más espiritual y más reflexiva. Ya octogenario, Lev tenía claro que “hago lo que un viejo de mi edad acostumbra: apartarse de la vida mundana para pasar los últimos días de mi vida en soledad y tranquilidad”. Pero las dudas le persiguieron toda su vida, y cuando se acercaba su propia muerte, Tolstoi al parecer volvió a sucumbir: “no entiendo qué se supone que he de hacer”. Quizá debió de olvidarse a última hora de la receta mágica: ser fiel a sí mismo, siempre, en la salud y en la enfermedad, en la vida y en la muerte.
Casi un siglo después de la publicación de este libro, otro Iván Illich, pensador visionario y teólogo repudiado por El Vaticano, recibía su sentencia de muerte: le diagnosticaron de un tumor maligno de parótida.

Ivan Illich, ya con el pómulo derecho deformado por el cáncer de parótida
Para Anatole Broyard, “los relatos son anticuerpos contra la enfermedad y el dolor”. Para Iván, esos anticuerpos eran el saber por el puro placer del mismo saber. El intrépido filósofo, que ya había escrito uno de los textos más provocadores y críticos con la medicina de todos los tiempos, ‘Némesis Médica’, no podía contradecirse a sí mismo y decidió no someterse a cirugía, como le proponían los médicos, porque eso hubiera supuesto su muerte social: “perder mi capacidad de dialogar, de intercambiar opiniones con colegas y de impartir cátedras”. Tampoco quiso tratarse con quicio ni radioterapia, porque “no creo en las curas milagrosas que te ofrecen las instituciones oficiales de salud”.
Aunque Iván utilizaba otro truco para esquivar el sufrimiento: además del yoga y la meditación, se medicaba chupando pequeñas dosis de lápices de goma de opio y fumando hachís en pipa. No se negó a utilizar fármacos para algunas de las complicaciones que sufrió; pero eso sí, antes de cualquier intento de medicarse, consultaba con su médico de cabecera, Max Celis, aunque estuviera en la otra punta del planeta. Sin embargo, este doctor no era un cualquiera: era su médico de confianza. Cuando conversaron de su reciente diagnóstico, Iván le dijo: “Tengo una propuesta. Lancemos todos nuestros títulos al cesto de la basura y seamos solamente tú, Max, y yo, Iván. Contigo me he familiarizado. Conoces mis libros, lo hemos hablado juntos, y coincidimos prácticamente en todo”. Había lo que tiene que haber: un reconocimiento y confianza mutuos.
Según las estadísticas, el tumor de Iván Illich presenta unas posibilidades de supervivencia a los 10 años siempre menores del 40-50%. Pero Iván sobrevivió 20 años, sin tratamiento con ‘intención curativa’ alguno. Murió el 2 de diciembre de 2002, en Bremen. Hasta la misma mañana de su muerte, ya con la cara desfigurada y tremendamente cansado, el enjuto profesor no paró de trabajar. Quiso durante años jugar al despiste con su cáncer, al que con ironía llamaba "la gran bola", y deseaba que "cuando llegue el momento de la muerte me pille de sorpresa". Precisamente su última obra fueron una vagas reflexiones sobre la ambigüedad de probabilidades estadísticas, trabajo que compartió con la genetista y socióloga Silja Somerski, amiga y discípula del teólogo. Se mofaba de la idea de trasladar los porcentajes de probabilidad a un hipotético "riesgo personal", porque para él no era más que “una contradicción en los términos”. Él sabía lo que decía, porque con su ejemplo rompía todas las estadísticas.
Con la lucidez que acostumbraba, nos dejó en su última obra una sentencia que resume gran parte de su filosofía: “Hoy en día, los pacientes no sólo están en peligro de perder la salud en tratamientos aventurados, sino de ver su porvenir arruinado por previsiones estadísticas”.
Al contrario que el pensador, el Iván Illich de Tolstoi no pudo tener más mala suerte con los médicos que le trataron de su enfermedad terminal. Le conminaron a que “se sometiera a su voluntad”; pero el desconfiado Illich no parecía quedar muy conforme con la actitud de los médicos, puesto que “lo único que importaba era la consideración de las probabilidades”. Sin embargo, a él “sólo le importaba una cuestión: ¿revestía gravedad su caso o no? Pero el médico se desentendía de esa pregunta tan fuera de lugar (…). La vida de Iván Illich no entraba aquí en consideración”. Tampoco su familia parecía entender nada. Illich no tuvo elección: murió en la más completa indignidad y soledad.

http://www.agustincomotto.com/main/trabajo/32
Ilustración de Agustín Comotto para la edición de libros Nórdica de "La muerte de Iván Illich"
De las dos muertes de Iván Illich cabe deducir dos lecciones: 1) que cuando se acerca el final de tus días conviene tener cerca a un médico prudente y juicioso que atienda tus necesidades desde el conocimiento y la confianza mutua, y 2) que tú y solo tú eres quien debe decidir cómo y con quién abandonar esta vida.
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domingo, 1 de febrero de 2015

Nick Drake . One of these things


Ute Lemper : Cabaret Medley


Martin Caparrós : El Hambre

Todo esto para qué

Por Leila Guerriero

Lo dice —está escrito— en la página número 12: “Este libro es un fracaso (…) porque una exploración del mayor fracaso del género humano no podía sino fracasar (...) Y, aun así, es un fracaso que no me avergüenza”.
Los motivos por los cuales ese fracaso no produce vergüenza se encuentran tanto en la frase de Samuel Beckett que hace las veces de epígrafe como en las últimas páginas de El hambre, el libro en el que el argentino Martín Caparrós busca respuesta a una pregunta: por qué, en un mundo que dispone de comida para todos, se mueren 25.000 personas cada día por causas relacionadas con la falta de alimentos. El epígrafe de Beckett reza: “Intenta de nuevo, falla de nuevo, falla mejor”; la anteúltima página de El hambre dice: “Sería bueno separar la acción de los resultados de la acción. No hacer lo que quiero hacer por la posibilidad del resultado sino por la necesidad de la acción: porque no me soporto si no hago”. Así, un círculo que comienza con un periodista haciéndose preguntas, y sigue con ese mismo periodista preguntándose qué sentido tiene hacérselas (porque, después de todo, el libro no cambiará nada y quienes padecen hambre “no parecen tener muchas posibilidades de influir sobre los mecanismos que los hambrean”), termina con una respuesta salvaje y sincera: “Porque no me soporto si no hago”.
La compasión es el motor del progreso moral

¿Un paciente dando lecciones a los médicos?

 

by Enrique Gavilán
Anatole Broyard fue periodista del New York Times y crítico literario. Muchos los recordarán por ser el que primero caracterizó a los hipsters, tribu que luego conformó labeat generation de Kerouac. Eso fue en 1948, el mismo año que murió, por un cáncer de vejiga, su padre. Este hecho marcó su vida, no solo profesional, sino personal: muchas de sus lecturas, críticas y ensayos giraron en torno a la forma en que el hombre se asoma al abismo de la muerte.
Sin saberlo, este aprendizaje fue fundamental para que pudiera afrontar su propio destino. Cuarenta y un años más tarde fue diagnosticado de un cáncer metastático de próstata que se llevó su vida por delante 18 meses más tarde. Pero, fiel a sí mismo, encaró el proceso conservando su propio ‘estilo’ hasta el final, hecho que, sin duda, contribuyó a que su máximo deseo se hiciera realidad: estar intensa y genuinamente vivo cuando llegase su muerte.
Mercedes Pérez y Juan Gérvas lanzan en su libro “Sano y Salvo“ una provocadora pregunta: “¿Se puede tener una enfermedad grave y al mismo tiempo estar sano?”. ¿No son la enfermedad y la muerte incompatibles con la salud y la vida? Anatole no tiene duda. No se deja vencer por el pesimismo que acompaña a la palabra “cáncer”, pero al mismo tiempo reniega de la visión romántica de la muerte. “La enfermedad es ante todo un drama que debiera ser posible disfrutar a la vez que se padece”, afirma. Y a decir de su libro “Ebrio de enfermedad”, gozó con apetito de su enfermedad hasta sus últimos instantes. Socarronamente, reconoce que su actitud es “irresponsable”, pero se siente libre de hacerlo así, porque “una enfermedad crítica es como un gran permiso, una autorización o una absolución”.
 

 
Sus reflexiones ante la enfermedad y la deformidad del yo que ésta impone no son solo una reivindicación del poder del enfermo para reapropiarse del significado de su vida y de su muerte, de su salud y de su enfermedad, sino también severas lecciones de humildad y humanidad para todo aquel que se dice médico o quiera llegar a serlo. Muchas de estas reflexiones fueron compartidas por Anatole con estudiantes de medicina en un seminario de bioética de la universidad de Chicago tan solo seis meses antes de su muerte.
Anatole era, sin duda, un tío con cojones. Pocos pacientes se atreven a dar lecciones a los médicos. Y pocos médicos se dignan a escuchar cosas como que tendemos a obedecer ciegamente “la ley no escrita de que la muerte hay que negarla hasta que no esté certificada”.
Ahí van muchas de las frases –a veces como bofetadas, otras como leves súplicas-, que nos regaló Anatole Broyard. Hay que estar loco para no leer y releerlo al menos tres veces hasta que se queden grabadas a fuerza de repetirlas en nuestra memoria.
 
(Quiero) “alguien capaz de tratar el cuerpo y el alma”.
“Un médico con sensibilidad”.
“Me gustaría un médico que disfrutase de veras de mí. Quiero construir para él un buen relato, darle algo de mi arte a cambio del suyo”.
“Me gustaría que mi médico me palpase el espíritu además de la próstata. Sin algún reconocimiento, no soy más que mi enfermedad”.
“Yo no pediría a mi médico que me dedicase mucho tiempo: me conformaría con que rumiase mi situación durante acaso cinco minutos, con que me concediera todo su ser una sola vez, con que estuviera unido a mí durante un momento, con que examinase mi alma”.
“El relato del enfermo y sus percepciones forman parte de la literatura de las situaciones extremas”
“Morir o estar enfermo es en cierto modo poesía”
(Quiero un médico capaz de) “’leer’ mi poesía”.
“No creo que no haya ninguna razón por la cual los médicos no debieran leer un poco de poesía como parte de su formación”.
“El médico puede emplear su ciencia como una especie de vocabulario poético en vez de emplearla como una pieza de maquinaria, de modo que su jerga pueda convertirse en la jerga de una forma poética”.
“Sería más feliz con un médico ingenioso, que supiera apreciar la comedia además de la tragedia de mi enfermedad”. Y es que “en la enfermedad no todo es tragedia. Hay muchas cosas que son divertidas.”
“El trabajo de un médico sería más interesante y satisfactorio si se dejase entrar sin cortapisas en el paciente”.
“Si fuese capaz de mirar directamente al paciente, el trabajo del médico sería más gratificante. ¿Por qué molestarse en tratar con enfermos, por qué tratar de salvarlos, si ni siquiera reconocen su presencia? (…) ¿Cómo va a presuponer el médico que puede curar a un paciente si no sabe nada de su alma?”.
“Cuando aprenda a hablar con sus pacientes, el médico tal vez vuelva, por medio de la palabra, a tomar afecto por su trabajo. (…) Si lo hace, ambos podrán compartir –y muy pocos pueden compartir así- el asombro, el terror y la exaltación de quien está al filo mismo del ser, entre lo natural y lo sobrenatural”.
“A mí me gustaría sentarme con mi médico y conversar con él sobre mi próstata. Qué órgano tan curioso.”
“El pensamiento médico podría beneficiarse del uso de más libres asociaciones”.
“Que el paciente desarrollase sus propias estrategias, que se surtiese de todas aquellas cosas que el médico no le había recetado”
“Si tuviera que desmitificar o deconstruir mi cáncer, tal vez hallaría que no hay un diagnóstico absoluto (…), sino tan solo la interpretación que hagan cada médico y cada paciente”
“Como la tecnología me priva de la intimidad de mi enfermedad, la convierte en algo que no es mío, sino que pertenece a la ciencia, desearía que mi médico de alguna manera la “repersonalizara” para mí”.
“Es completamente natural que un paciente sienta algo de asco ante los cambios que impone en su cuerpo la enfermedad, y me pregunto si un médico innovador no podría hallar una manera de reconceptualizar esta situación”.
“El médico ha de acompañar al paciente en su salida del mundo de los sanos, y en su ingreso en el purgatorio físico y mental que le está esperando”.
“El médico tiene el cometido imposible de intentar reconciliar al paciente con la enfermedad y la muerte”.
“Lo que un enfermo crítico necesita, sobre todo, es que lo entiendan. La muerte es un malentendido que es preciso aclarar antes del fin”.
“El ambiente estilo laboratorio seguramente se puede atribuir a la idea de la asepsia, a la evitación del contagio. Originariamente, el paciente estaba protegido por la esterilidad del hospital. Solo que la esterilidad llegó a extremos excesivos: se esterilizó el pensamiento del médico”.
“Tal vez los médicos desalienten nuestros relatos”.
“Las explicaciones técnicas restan empaque al relato de la enfermedad”.
“Los médicos están acostumbrados a que sus pacientes les propongan falsos yoes, pero creo que a los médicos hay que enseñarles a reconocer y a aceptar el verdadero yo del paciente. (…) Uno ha de seguir siendo quien es” a pesar de la enfermedad. Que no te expropien de tu propia identidad, ni te despojes tú mismo de ella.
“Lo que importa es el paciente, no el tratamiento”.
“Acaso sea necesario que renuncie (el médico) a una parte de su autoridad a cambio de recuperar su humanidad, pero, como bien saben los viejos médicos de familia, éste no es un mal trato”.